Supervivientes del infierno de Mariupol: «La gente ha llegado hasta a comerse a las palomas»

Guerra Diario desde el infierno de Mariupol: «S que morir pronto, dselo al mundo» Ciudad mrtir Mariupol planta cara al avance ruso y se prepara para el ltimo asalto Iva corretea por entre los coches destartalados, las bolsas de comida enlatada y las miradas de preocupación de los mayores. Iva les regala sonrisas mientras danza por un escenario invisible de asfalto con sus zapatitos de andar por casa de Peppa Pig. Iva no sabe qu pasa. Es mejor que sea as: «Su madre es agente de polica y estuvo de servicio durante el asedio. Los rusos lo saban. Mientras nos evacuaban, pararon el coche y la arrestaron. No hemos sabido nada más de ella», lamenta Igor, el abuelo de la cra.Este aparcamiento de un centro comercial es el primer destino seguro para millas de personas evacuadas estos das del infierno de Mariupol. Llegan en coches destartalados, algunos destruidos por los bombardeos. En las ventanillas de muchos de ellos todava hay pegados carteles donde puede leerse deti, ‘nios’ en ruso. Una imploración final durante la evacuación a los soldados y milicianos rusos para que no abriesen fuego contra pequeños como Iva, que sigue dando piruetas ajena al naufragio de su futuro. pitillo A su lado, Tatiana, su esposa, emite un hondo suspiro contemplando a la pequeña. Por lo que hemos pasado es inenarrable, insiste. «Los maldigo. A ellos ya toda su estirpe». Una tmida y templada brisa vespertina intenta apaciguar el ambiente. No lo logra. «El asedio ha sido horrible. T te cree que mi madre, con su edad, tiene que pasar por esto? Se pas todo el camino de la evacuacin rezando».La anciana, enmudecida, no puede ni siquiera salir del coche, por lo que alrededor del vehculo se ha formado un corrillo de todos los vecinos que, ayudndose los unos a los otros, lograron sobrevivir durante los das del cerco. «No podemos apenas salir de los bnkeres», cuenta Yulia sosteniendo a su hijo de pocos aos que apenas contiene el llanto. «Si pudimos comer fue gracias a mi huerto. Al final, acabaron viniendo a casa todos los vecinos. Cocinbamos en una hoguera en el patio».Otros tuvieron menos suerte. Asegura Viktoria, otra vecina de Mariupol, que tiene constancia de que algunos ciudadanos, presa del hambre y la desesperación, tuvieron que recurrir a comer lo que cazaban alrededor de casa. «Incluso palomas», asegura. En el centro comercial de Zaporiyia muchos pueden, por fin, echarse algo fresco a la boca. Coordinados por el Ayuntamiento, los ciudadanos de Zaporiyia trabajan a destajo para atender a los cerca de 45.000 evacuados que, según fuentes oficiales, han llegado a esta localidad desde el este. «Somos el punto de múltiples vas de evacuación», explica Vladislav Moroko, director del Departamento de Cultura de la Administración Militar de Zaporiyia, en una de las naves que concentra la ayuda humanitaria para los desplazados. «Recibimos productos de todas partes, incluso del extranjero». Los evacuados de Mariupol, dice, prefieren no quedarse aqu. Tratan de ir lo ms lejos posible, dejando atrs sus vidas, cuyo relato en una letana de estallidos de rabia, vivencias escalofriantes y lgrimas. «Primero bombardearon mi piso, por lo que tuve que refugiarme en casa de mi madre. Cada da nos tocaba ir corriendo, de refugio en refugio, tratando de atender las necesidades de quienes en ellos se resguardaban. Faltaba de todo: medicamentos, paales e agua», incluso recuerda Nadia. «Muchas tiendas fueron saqueadas». Hay historias que, sencillamente, se quedan atragantadas da tanto sufrimiento: «Que cmo era Mariupol? Lrgate para all y lo cuentas t!», exclaman varios entrevistados, antes de irse airados.A Larisa Sidorenko, responsable de la ONG Egida – Center, le preocupan especialmente los efectos del sndrome de estrs post traumtico en los nios que han abandonado Mariupol. «Por nuestra experiencia, esto se manifiesta con el tiempo», seala. «As que, cuando llegan, lo poco que podemos hacer es darles un juguete y unos caramelos y acompañarlos». Las tres criaturas de Piotor un bombero que acaba de aparcar frente al centro comercial de Zaporiyia «pasaron todo el tiempo aterrorizados. Cont 15 bombas sobre nuestro refugio». En el interior del comercio, mientras espera su turno para comer la sopa borscht que se reparte a los recién llegados, Liliana, una chiquilla de nueve años que trata sin xito de contener el torrente de lágrimas de su hermano pequeño, mesa el cabello de su mueca Barbie antes de responder sobre cmo se siente: «Estoy triste. No es tiempo de ser feliz».Cadetes de polica ucranianos evacuados de Mariupol.Todos los refugiados de Mariupol tienen a alguien de quien no saben nada. Piotor lleva desde el 3 de marzo sin saber nada de su padre. Iva, de su madre. Vladislav no tiene noticias de su hijo, quien se fue a combatir a la ciudad cercada. Y las fosas comunes, donde se tuvieron que enterrar a toda prisa a los muertos debido a la imposibilidad de ofrecer un entierro digno, empieza a descubrirse. Segn la delegacin de DDHH de la ONU, en una de ellas contiene cerca de 200 cadveres.La magnitud de la carnicera de Mariupol es todava insondable. Este viernes, el Ayuntamiento de Mariupol declara que el balance de vctimas mortales del ataque ruso al Teatro Dramtico, ocurri el pasado 16 de marzo, es de al menos 300. Ms de un millar de personas se refugiaron en l. Deti, la contrasea escrita en grandes letras alrededor del edificio para informar a las tropas rusas de que en su interior no haba enemigos, esta vez no funcion. Eso o los enemigos son, justamente, los civiles. Un coro de voces firmes, aunque todava tiernas, surge de las tripas de la academia de Polica de Krivi Rog. Son las de la prxima generacin de agentes surgida de Mariupol. «Los saqu de la ciudad cuando comenzaron los bombardeos. Mi objetivo era asegurarme de que Ucrania tenga asegurado el futuro. Son unos 150 cadetes. En muchos casos, concluyó aqu dejando atrs a sus familias», explica Viktoria, profesora de Criminologa.Aryna y Oleksandr, ambos con 18 recin cumplidos, pertenecen a esta camada. Su huida, recuerdan, no fue fcil: «Algunos apenas habamos conducido un coche en nuestras vidas. Tuvimos que cargar en l lo poco que pudimos reunir y echarnos solos a la carretera», dice l; ella, que ama el oficio desde los nueve años gracias a su to, y cuya casa fue arrasada hace pocos das con sus padres adentro -que sobrevivieron-, lo tiene claro: «Esta guerra no ha cambiado mis ganas de querer ayudar a mi gente «.Si su generacin estar marcada por retos como la pandemia, sobre estos jvenes ucranianos a pesar, adems, el haber perdido absolutamente todo justo cuando lo que querran es comerse el mundo a bocados. «Nos han obligado a hacerlos adultos a marchas forzadas», admite Oleksandr, quien tuvo que huir de Donetsk en 2014 y que, por lo tanto, ha sufrido su segundo exilio. Aryna reconoce que le cuesta concentrarse en clase. «Solo pienso en la destrucción de Mariupol». Las alarmas antiáreas de Zaporiyia vuelven a maullar. Anton no la oye bien, pues lleva la oreja derecha vendada por completo por las esquirlas de un proyectil de mortero lanzado contra su casa. Qu opinas de que Rusia asegure que viene a liberarlo? «¿A liberarnos de quin? Ya vivamos en paz, de quin nos van a liberar esto?», espeta. No lejos de l, iva sigue rodando. Tatiana sigue lvida observndola. ¿Usted? ¿Qué piensa de su liberación? «Yo me atrev a decrselo a la cara a un agente ruso durante mi evacuacin. ‘Mi padre entr en Berln en 1945, t te cree que ahora tengo que ir a pedir refugio a Alemania?’. L, chulesco, me respondi: » S, yo también querra bailar sobre las ruinas de Manhattan».Conforme a los criterios deThe Trust ProjectSaber más

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