¿Conoces la leyenda que encierra las lagunas de Tajzara de Tarija?

“En silencio recordaba el presagio; que un día aquel lago desaparecería, aquellas aguas volverían a las nubes y, los hijos de sus hijos, retornarían a poblar aquella zona inhóspita y hacerla fértil y productiva”

La población de Taxara o Tajzara, forma parte del altiplano del Departamento de Tarija (Bolivia), el territorio era parte de una extensa planicie; tierra de pastores y agricultores, clima agradable, era un centro importante de comercio interno y los que mantenía con pueblos vecinos, razón por la que las familias vivieran holgadamente y, unos pocos, acumularan riquezas como fruto del negocio y explotación de oro y plata.

Este centro político y comercial, por su importancia, en cierta ocasión fue visitado por el Inca Tupac Yupanqui, llegó a la comarca por el camino real acompañado de su sequito personal; compuesto de guerreros, generales, sacerdotes, cocineros y yanaconas, tal acontecimiento fue motivo de alborozo, festejos y competencias; la razón de su paso del monarca obedecía al reconocimiento de sus dominios y conquista de nuevos territorios, asimismo, los sacerdotes seleccionaban a las más bellas doncellas del reino para ser destinadas a las mamacunas del Cuzco, sin embargo, las jóvenes casamenteras, tenían la opción de ser retenidas en su región en el caso de que algún pretendiente las disputara y ganara el certamen que se organizaba para tal efecto, las competencias eran de valentía, destreza y resistencia; en uno de estos eventos, Marco André pudo rescatar a su novia Rocío Celeste y, su propia libertad, los jóvenes eran reclutados según sus aptitudes para servir al Tawantinsuyo de soldados, mineros, cocineros o yanaconas. El joven agricultor ganó todas las pruebas, el magnánimo hijo del sol aceptó aquellos resultados y, de tal manera, se celebró el matrimonio en presencia del soberano del imperio incaico.

La población de Taxara, tenía un numeroso contingente de habitantes, de pronto bruscamente fue cambiando sus buenas costumbres por el ocio, bebidas alcohólicas y la lujuria. Repentinamente aparecieron salones de baile, salas de diversión y antros de perdición; la gente concurría a divertirse y embriagarse; abrieron sus puertas diversos prostíbulos, donde se exhibía la belleza, la carne y el dinero, allí no había distinción de edades ni de sexos; la moral había quedado en la calle. El adulterio se hizo común; el castigo a los esclavos no tuvo límites; la mentira y el engaño se apoderó de la población; la opulencia y la ostentación se expresaba en el poder y la fortuna.

En este mar de pesares, vivían los esposos Marco André Bravo y Rocío Celeste Aramayo, muy conservadores, criaban a sus pequeños hijos según las buenas costumbres. Eran humildes y laboriosos, buscaban abrirse un futuro a base de esfuerzo propio y trabajo honrado; ella era pastora, mientras su esposo era un agricultor dedicado a la producción de alimentos que proveía al mercado, aunque por temporadas viajaba a las minas por varios meses, luego retornaba con pepitas de oro.

En cierta ocasión, llegó una pareja de ancianos, aunque no eran mendigos, estaban en aprietos, buscaban trabajo y alojamiento; en el día eran rechazados y en las noches, objeto de burlas y humillaciones, no obstante, jamás dejaban de orar y predicar. Después de varios días, los ancianos comenzaron a pregonar a los cuatro vientos que la vida de perdición del pueblo debía terminar, clamaban porque la gente retorne al culto de Dios; anunciaban que la bondad podía salvarlos; ante la desidia; los ancianos alertaron al pueblo que estaba muy pronto el castigo divino; solo el arrepentimiento sincero podría salvarlos de la condenación eterna. La respuesta que recibían eran risas, burlas y latigazos. Compadecida de los malos tratos, Rocío Celeste los condujo a su casa, allí, junto a su esposo Marco André, le dieron posada y alimentación; los días pasaban y los ancianos concentraban sus alabanzas a Dios, durante el día, recriminaban en las plazas y mercados y, en la noche en las puertas de los antros nocturnos; repetían una y otra vez que eran mensajeros del altísimo, lo que acrecentaba la burla. Cierto día, los ancianos alertaron a los esposos que el juicio final sería en dos días, por lo que les recomendó que se marchasen del pueblo de Taxara; si era de su parecer, podrían llevar consigo lo que mejor les convenga, pero era menester alejarse de allí lo antes posible; en la huida, les dijo, escucharan gritos, llantos, ruidos, truenos, lluvia, llamados de auxilio, pero por nada del mundo deberían volcar la mirada hacia atrás, pase lo que pase, debían continuar su camino y llegar lo más lejos posible. Incrédulos ante la advertencia, se mantuvieron en su hogar, al día siguiente, los ancianos muy temprano partieron, pero mientras caminaban por las calles del pueblo, advertían de los que sucedería en pocas horas más; resultado del pecado y la maldad reinante en el pueblo. Les alertó que abría un gran diluvio, pero, llegará un día en que se secaran las aguas completamente, entonces, cuando se restablezcan las lluvias, se volverá a poblar el lugar y los campos serán sembrados.

Los esposos, temerosos de lo que podría suceder, rato después, emprendieron la marcha, tomaron ciertas pertenencias, alzaron a sus dos pequeños hijos y abandonaron su casa. En el trayecto, tal como lo anunciaron los ancianos, a la hora indicada, comenzó a temblar el suelo y comenzó a soplar un viento frio y arenoso. A medida que avanzaban, podían ver como se derrumbaban las casas, se abría la tierra, el agua de la lluvia comenzaba a acumularse en las calles, a medida que abandonaban el pueblo, comenzaron a escuchar llamados de socorro; gritos de dolor; era una hecatombe que ensordecía y les pisaba los talones; no obstante, llegaron a rescatar a personas atrapadas entre los escombros, ayudaron a los débiles a caminar, llevaron consigo a varios niños abandonados.

Una señora que iba al lado de ellos, desoyendo la recomendación que se le dio, curiosa, miró hacia atrás, inmediatamente como tomada por un rayo se convirtió en piedra, pero no fue la única, puesto que a lo largo de su recorrido, vieron muchas personas convertidas en piedras humanas; recordaba a las costosas esculturas de mármol que adornaban los suntuosos palacios.

Al día siguiente, varias personas y familias se encontraban reunidas en la intemperie, tratando de guarecerse del mal tiempo, los que llegaban, podían relatar lo observado a su paso, era coincidente con la pesadilla vivida en la víspera. Luego de varios días, muchos retornaron a lo que fuera el pueblo, allí encontraron un gran lago, a cuyas orillas rondaban garzas y flamencos de hermosos plumajes, los colores competían con el arcoíris; se trataba de las personas buenas que no habían logrado salir a tiempo, ahora vivían pacientemente a orillas de la Laguna de Taxara; estas aves migran, pero siempre regresan al solar que conocen. En silencio recordaba el presagio; que un día aquel lago desaparecería, aquellas aguas volverían a las nubes y, los hijos de sus hijos, retornarían a poblar aquella zona inhóspita y hacerla fértil y productiva.

Se cuenta que en ciertas horas de la noche, se puede ver en el fondo del lago luces que parpadean, algunos transeúntes, aterrados cuentan que se puede escuchar ayes de dolor que provienen de las profundidades, mientras otros aseveran escuchar los acordes de una extraña música de indescifrable belleza, luego de algunos minutos se pierde en la oscuridad de la noche.

Los sobrevivientes de aquel cataclismo, se quedaron a vivir en los alrededores de la Laguna de Taxara; luego sus descendientes fundaron pequeñas comunidades aledañas; la gente del lugar se embelesa e indican que viven cautivados por la incomparable belleza que ofrece el lago en el día y, vehementemente, están convencidos de que hay una magia indescriptible que se desprende de la luna cuando se refleja en aquellas aguas. Extraído de un libro del gran René Aguilera Fierro, Presidente de la Unión de Escritores y Artistas de Tarija (Bolivia).

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